En el origen está la grieta. Todo es grieta y sin embargo,
duele.
Duele advertir su aparición en lo que se cree firme, en un
amor, un nombre o un cuerpo. Aparece como falla con el poder de la duda que
corrompe lo construido. Entonces la duda se posa sobre el amor, el nombre y el
cuerpo. Los miro enojada.
Dudo del amor y su inconsistencia, del nombre y su
fortaleza, del cuerpo y su escena repetida sin darme cuenta que la grieta es
mía, no como falla, como fracaso inevitable, sino como condición. Yo soy toda
grieta tratando de construir para borrarla. Y todo lo que construyo guarda su
olor, toda atadura es suave y en su tenue lazo reside la fuerza. Yo soy la
grieta, soy el lazo enredado y la fuerza que tira hasta deshilachar.
De cuánto me liberaría asumiéndome grieta! De cuánto
liberaría al amor reconociéndolo lazo suave, construcción fallida que nos
salva! Somos las grietas, animales arrojados al mundo de hombres y mujeres
inventando las formas del amor que nos permitan vivir por ahora, también mañana
o quizás… quién sabe. No es la renuncia a enlazarnos lo que nos salva, ni nos
salvan los lazos rígidos que se creen eternos. Hoy me salva ser grieta que
elige enlazarse de los modos que puede, que construye uniones bellas y
múltiples, hermosamente fallidas siempre, serenamente fallidas para poder
habitarlas, para que ellas puedan habitarme.
Así que amor, te perdono la grieta, así que nombre, te beso
agrietado, así que cuerpo, te celebro la fisura, la desgarradura.